martes, 10 de marzo de 2015

EL PATRON de Sebastían Schindel





Y LA RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL?

Esta nueva película argentina está viciada ideológicamente. Si partimos de la idea (garantista?) de que todos los criminales son producto, o mejor dicho, víctimas de una sociedad que no los incluye ni contiene, creo que estamos en graves problemas. De hecho, lo estamos. Y aquella es la tesis de este film.

La película, basada en hechos reales, y en un pésimo guión que transcurre en Buenos Aires y relata la relación entre el empleado de una carnicería y su patrón. El exceso gobernará al relato, y el mismo, concluirá en crimen.  El guión es absolutamente maniqueista y sus personajes están delineados de tal manera que carecen de humanidad. Son los típicos personajes / ideas. El de Hermógenes sobrevive gracias a la esforzada labor de Joaquin Furiel, que lucha denodadamente para darle carnadura. Éste es un campesino santiagueño que al quedarse sin trabajo en su provincia como consecuencia de una accidente que lo deja rengo de una pierna, tienta suerte con su mujer viajando a la Capital Federal. Allí comienza su desventura cuando conoce al dueño de una cadena de carnicerías (Luis Ziembrowski en un festival de cliches), un reverendo hijo de puta, que lo único rescatable que hace es darle un trabajo precario como carnicero, enseñarle el oficio con uno de sus peones, y permitirle dormir en la pieza de atrás de la carnicería, servicios que descontará de sus haberes. Así, esquemáticamente planteada , de principio a fin, la película avanza por acumulación de escenas repetitivas para que no tengamos ninguna duda y se nos vaya revelando el carácter de hijo de puta que es el patrón, y de qué Hermógenes es la víctima del caso. El asco de la carne podrida que vende Hermógenes no es otra cosa que el asco del sometimiento que genera la relación laboral entre el trabajador y su empleador. Obviamente, dicha relación terminará en crimen. Hermógenes matará a su patrón con una interminable serie de puñaladas que comienzan dentro de la carnicería y finalizarán al borde de la vereda de la misma, llevándose la vida del Patrón. Lo que se dice, un crimen truculento.

Por otro lado, el film intercala, desprolijamente, escenas del juicio correspondiente al crimen desde el principio hasta su final tratando de dejar en claro que la justicia en la Argentina es una reverenda mierda incapaz de solucionar el problema social que presenta el país, dado que dicho problema es innato a un sistema que lo corrompe todo.

En consecuencia, nuestro hábil y politizado abogado interpretado por el bueno de Guillermo Pfenning, sacará a relucir todo ésto en un juicio donde no tiene pruritos de usar a su propia esposa como perito de parte, y alegar que la culpa de este monstruoso crimen la tiene una sociedad totalmente indiferente al problema de la pobreza dando a entender que el capitalismo en si mismo lleva la semilla de la explotación y la desigualdad porque origina una sociedad de explotadores y explotados, y en consecuencia, dejándonos inferir que nunca será la economía la ciencia que acaso trata de distribuir recursos escasos ante necesidades múltiples valiéndose de la leyes de mercado, sino la política la que solucione el problema, a través del Estado, con gobernantes iluminados de conciencia social, sentido de la justicia y fuerza liberadora de la opresión que genera la desigualdad.

Como película, un bodrio absoluto realizado por soñadores creyentes de la igualdad social, del sometimiento individual, del pensamiento único e idolatradores de la propiedad colectiva de los recursos. No es casual que en esa pintura maniqueista de la vida, si alguien tiene algún signo de humanidad es el asesino Hermógenes, y dado el caso, es el único capaz de mostrar un signo de felicidad, incluso de espiritualidad. Como si acaso no todos fuéramos criaturas del Señor, la vida no fuera dura para todos por igual, y por consiguiente, la búsqueda de la felicidad no fuera común a todo ser humano.

Lo que más lamento es que mientras yo terminaba de ver este film asqueado por la cantidad de carne podrida que se vende en la carnicería de la película (los vecinos del barrio de la carnicería deben ser todos boludos para comprar dicha carne) y cansado de mirar una película cuyos personajes se dividen en malos patrones y buenos trabajadores, más de la mitad del cine estalló en un fuerte aplauso. Y eso me dejó aún más preocupado porque intuyo que demasiados argentinos están convencidos que viven en la "Injusticia Social", que es el Estado el responsable del cambio a través de mecanismo redistributivos, y que la Responsabilidad Social como ciudadanos sólo nos cupe y la dejamos satisfecha cuando acudimos a llevar un paquete de arroz o fideos y una botella de agua mineral ante "un llamado a la solidaridad" de un canal de televisión cuando ocurre una catástrofe. Entonces recordé otra película, "A la Hora Señalada", con Gary Cooper, la quintaesencia del héroe individual. Acaso el Marshall Will Kane, cuando se queda solo, cuando nadie lo acompaña, y se enfrenta con la banda de forajidos de Frank Miller, por quién pelea? Pelea por su propia vida o por imponer la ley en la pequeña Hadleville?

Eso, en su maniqueísmo, es lo que ignora El Patrón. Es el imperio y el respeto por la ley la que genera la existencia de la Justicia Social, y son las oportunidades que brindan la buena salud y la buena educación dentro de un marco de seguridad y no el redistribucionismo de un Estado, muchas veces arbitrario, que ignora el esfuerzo de los individuos para ser quiénes son y tener lo que tienen. No todo el mundo es bueno, ni todo el mundo es malo. Hacemos lo que podemos, que no es poco, aunque siempre falta un poco más.


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