sábado, 1 de septiembre de 2018

LA EDUCACIÓN DEL REY de Santiago Esteves


NOTABLE POLICIAL NEGRO

Estamos ante una ópera prima, o sea una primera película de un director. Una película de un hombre joven, un mendocino graduado en la Universidad del Cine en Buenos Aires que además de dirigir el film es co-autor del guión, y participa del montaje del mismo (experiencias anteriores con Villegas, Llinas y Trapero). O sea, una personalidad múltiple que aparece a cargo con mucha firmeza de un policial negro que renueva la esperanza del desarrollo de un cine de género en Argentina.

La narrativa de Esteves es simple y lineal. Por momentos hace recordar al cine de Sam Peckimpah, concretamente al que desarrolló en La Fuga. Un cine seco, directo, contundente. La acción transcurre en Mendoza, en las afueras de la ciudad, en la época actual, y narra una historia de marginados, de tipos jóvenes fuera de la ley que intentan cometer un robo que obviamente no sale según lo esperado. Ello generará una persecución que se narra desde el punto de vista del perseguido.

El film describe un mundo que se desarrolla al filo de la ley, donde comienzan otras reglas más allá de las leyes tradicionales que son dictadas por los poderosos del lugar, donde la cana se transforma en un simple brazo de ese poder dentro de un mundo donde prevalece la marginalidad, en el que cuesta levantar cabeza y salir a flote, y donde cada uno (incluso las autoridades) termina jugado haciendo la suya, o sea, lo que más le convenga, esté o no dentro de la ley.

En este mundo binario donde nadie es demasiado bueno ni demasiado malo, donde cada uno tiene una cara visible y otra oculta, Reynaldo Galindez, El Rey, comete un hurto robando a quien no debía robar. Paradójicamente, escapa y cae literalmente en la casa de Germán (Carlos Vargas), un guardia de seguridad de una transportadora de caudales casi al borde de la jubilación, que le da refugio y protección. Entre ellos se generara una complicidad, casi una relación de padre e hijo, donde básicamente El Rey aprenderá a vivir en ese mundo tan hostil de los marginados haciendo equilibrio para no caer en manos de los que supuestamente defienden la ley pero tampoco de aquellos que viven fuera de ella.

Esteves, como narrador y como editor, se muestra muy seguro de sí mismo. Relata con prolijidad y claridad su historia basándose en un guión perfecto, sin ningún tipo de fisuras. Se nota que tiene mucho policial visto, sobre todo americano. Producto de ello, su cine observa un manejo notable de los tiempos cinematográficos. El film es muy directo, no tiene desvíos de ninguna naturaleza y carece absolutamente de tiempos muertos derivando en una narración cristalina, sin ningún tipo de meta mensaje, cuya contundencia se mantiene de principio a fin.

El guión, obra del propio director y Juan Manuel Bordón, muestra la experiencia periodística en el género policial de este último, quien trabajo en la Sección Policiales del Diario Clarín. Filmado en Mendoza, en los márgenes de la ciudad, la ambientación registra un clima pueblerino, cinematográficamente tan propio del lejano oeste como de los pueblos del interior de nuestro país, donde todo el mundo se conoce y se sabe muy bien quien es cada cual. Es en esa cuestión de los márgenes, de la dualidad donde el film se concentra y se fortalece, donde la ambigüedad permite la confusión, donde cuesta diferenciar el bien del mal, es donde el film de Esteves se vuelve fuerte y creíble contando su historia.

Como opera prima, un film maduro y alentador. Como policial, una película muy entretenida y creíble. Me hizo recordar aquel momento de Pizza, Birra, Faso (Caetano, Stagnaro, 1998) y Mundo Grúa (Trapero, 1999) donde un nuevo cine argentino tuvo lugar. Es de desear que este pequeño pero ambicioso film sirva para mostrar el camino de un cine nacional que sin lugar a dudas ha evolucionado enormemente en calidad técnica pero que aún permanece deudor como contador de historias.

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